domingo, 27 de febrero de 2011

6. El Edificio y millones de historias.

Ricardo despidió a sus hermanos en la entrada de su departamento con un abrazo y riéndose por alguna broma reciente. Era tarde ya en la noche y habían estado celebrando la "inauguración" de su nuevo hogar. Un mes atrás, Ricardo había pensado en cambiar su casa de toda la vida e irse a vivir a ese edificio cuyos departamentos eran realmente increíbles, con amplios espacios y agradables vistas. Vendió la casa y pidió un préstamo al banco que lo tendría endeudado dentro de los próximos 10 años, pero valía la pena. Por eso, se fue a vivir a su nuevo hogar hacía solo dos semanas, tiempo en el que estuvo remodelando y amueblando hasta el día de su inauguración, a la que asistieron sus dos hermanos con sus esposas e hijos. A pesar de estar en sólo el tercer piso del edificio, igual la vista nocturna era agradable y la pequeña fiesta celebrada en el balcón les gustó a todos.

Al cerrar la puerta tras sus hermanos, se dirigió al salón donde estaban todos los platos, vasos y fuentes sobre la mesa. "Los lavaré mañana", pensó. Asé que, contento, se fue a acostar. Eran las 3:02 de la madrugada.

En el décimo sexto piso, don Alberto y su mujer, doña Laura, estaban acostados intentando dormir. Ambos simulaban que lo hacían, evitando molestar al otro, pero llevaban años durmiendo solo algunas horas por la noche. A sus 64 años, doña Laura llevaba ya una década al lado de un marido que de pronto la dejó de lado. Sin explicaciones, el hombre fue perdiendo la capacidad de darle muestras de afecto y el intercambio de palabras se limitaba a establecer qué comerían ese día o, menos veces, cómo estaría Cristóbal, su nieto de solo 5 años. Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que su marido le hubiera dado la mano. A veces, cuando sentía que él se quedaba por fin dormido, ella encendía una luz y lo miraba, sin entender qué había sucedido. El dolor lo calmaba recordando a su nieto, tan pequeño y única fuente de felicidad.

A su lado, esta vez don Alberto no lograba dormir. Mantenía los ojos cerrados mientras se torturaba por dentro. Tenía 70 años y aun a esa edad se preguntaba cuanto dolor podría haberle causado a su mujer. Se lamentaba por el silencio de estos años, pero aun así, no podía hacer más que preguntarse cómo había llegado a eso. Si debió o no, si fue un error o no. Un secreto, un secreto de algo hecho hace tiempo que mas bien él nunca hizo, pero había que hacerlo. Vergüenza sentía. Vergüenza por no haber sido el hombre que debía tratando de comportarse como el hombre que la sociedad imponía. ¿Había sido su debilidad? Esta noche no lograría dormir. Sabía que doña Laura tampoco dormía, pero se sentía incapaz de hablar con ella.

A las 3:17 de la mañana, don Alberto pensaba en que al menos al día siguiente podrían ver a su nieto y sabría que la tortura de ambos descansaría un rato.

En el séptimo piso del edificio, Marcos dormía. A sus 23 años, vivía con su padre y nadie más. Hace 5 días había vuelto de sus vacaciones por el sur de Chile y ahora descansaba. En otra habitación, su padre había apagado la televisión hace muy poco rato y a penas conciliaba el sueño. Marcos roncaba a la vez que otros eventos sonoros escapaban de su cuerpo, sin él saberlo, por supuesto. El viaje había sido extenuante, pero placentero y aprovechaba de descansar lo que podía antes de ingresar a la universidad la semana siguiente. Porque ese era su último fin de semana, en vez de ir a fiestas con amigos y polola, Marcos dormía. Marzo estaba por comenzar y quería reponer fuerzas.

Su padre, Miguel, siempre tenía pesadillas al comenzar a dormir. Despertaba de un salto y se acomodaba para, esta vez, dormir en serio. Era algo extraño, pero le venía sucediendo noche tras noche desde hace más tiempo del que recordaba y ya se había acostumbrado. Esta vez, la pesadilla era de un bosque en el que se encontraba y un silencio angustiante lo atormentaba a su alrededor. De pronto, un crujido terrible revelaba que algo invisible comprimía a los árboles y los hacía pedazos, aplastándolo a él también. Despertó ahogado y sobresaltado. Miró el reloj en su velador. Casi las 3 y media de la madrugada. Se frotó los ojos tratando de despejarse y se acomodó. El silencio ambiente lo sobresaltó. Claro, era de noche, pensó. Un aullido a lo lejos y otro más respondiéndole. De pronto era un coro de perros perturbando el aire y a las personas que trataban de dormir. En ese momento, el piso crujió a la vez que un movimiento lo azotó de un lado a otro sobre la cama. Se levantó rápidamente mientras un ruido ascendía junto con un leve temblor que hacía vibrar las ventanas. Un zumbido en sus oídos mientras se balanceaba hacia el pasillo y la pieza de su hijo. Llamó a Marcos instándolo a levantarse porque temblaba. Marcos no comprende muy bien, adormecido y se deja caer al suelo torpemente mientras escucha el traquetear de las ventanas. Pegado al suelo, aun no siente el temblor pero escuchaba un ruido que causaba pavor alzándose sobre la ciudad. Se levanta y se dirige al umbral de su puerta en el momento que un ruido como del de un tren infinito pasando sobre un puente, sobre sus cabezas lo ensordecía y el suelo se movía de un lado a otro, ondulando y girando. Los muros crujieron y el sonido de cosas cayendo al suelo, a la vez de que el temor de que todo se quebraría en millones de pedazos haría sucumbir la mole de hormigón y acero.

En el tercer piso, Ricardo se había levantado corriendo hacia el living de su departamento. A penas en pie, miraba cómo los platos y vasos y fuentes que habían quedado sobre la mesa caían y hacían trizas en el suelo que el mismo había colocado hace una semana. Los muebles se azotaban contra las paredes y las ventanas vibraban. Trató de afirmar un estante pero cayó al suelo junto con él. Se levantó y a penas se abrazó a uno de los muros mientras cerraba los ojos. Escuchaba cómo en su pieza el suelo crujió y algo caía.

En el décimo sexto piso, don Alberto estaba en pie y llamaba a su mujer. Ella se levantó y lo siguió por el pasillo mientras cuadros y fotografías caían. En la oscuridad, se guiaban tanteando las paredes y alejándose del sonido de los vidrios que se rompían en todo el departamento. En el momento en que empezó el remezón fuerte, ambos ya estaban en la puerta de entrada sintiendo cómo el edificio se movía de un lado a otro, retorciéndose. Otros vecinos aparecieron en sus respectivas puertas. Una mujer gritaba horrorizaba y un padre apuraba a sus hijos a afirmarse de él mientras perdían el equilibrio. Doña Laura observó una bebé que, inexplicablemente, miraba en silencio, casi divertida, cómo se movía todo y crujían los muros y losas.

En el momento más espeluznante, doña Laura casi cae al suelo pero don Alberto alcanzó a afirmarla y se abrazaron mutuamente, con los ojos apretados. Ella pensaba en su nieto y él pensaba en que el mundo se iba al carajo. Pisos más abajo Marcos se tomaba de los hombros con su padre, frente a frente. Miguel exclamaba "¡¿Cuándo acabará, Dios?! ¡Cuándo acabará!". El sonido era espantoso y el temor se apretaba en las entrañas de Marcos. "¿Es un terremoto papá?" preguntó, pensando en que nunca había vivido ninguno.

Poco a poco, el terremoto iba dando paso a un temblor leve hasta extinguirse. El edificio siguió vibrando un tiempo más, pero ya había pasado. En los pasillos se escuchaban gritos, llantos y palabras apurándo a familias completas. Luces de linterna se asomaron por algunas puertas y de pronto todo el mundo estaba fuera de sus departamentos, confundidos y haciendo preguntas a vecinos.

Marcos sintió ganas de vomitar. Se sentía mareado y a penas pudo contenerse mientras su padre lo calmaba. Ricardo paseó con cuidado por su departamento. La losa se había desnivelado algunos centímetros por lo que avanzaba despacio. Llegó a su pieza descubriendo que parte del suelo había desaparecido. Su cama hecha un desastre y los rastros de un huracán en su pieza eran la evidencia del terremoto más fuerte que había sentido en su vida. Volvió al salón, solo para descubrir que todo se había perdido. Vivía ahí hace dos semanas y nunca más volvería a hacerlo. En cuclillas, se apoyó en la pared y se tomó la cabeza, poniéndose a llorar por lo perdido. En el décimo sexto piso, doña Laura aún abrazaba a don Alberto. Cuando paró el movimiento del edificio, ella alzó la vista y lo miró a los ojos. ¿Cuánto tiempo que no se miraban así en silencio? Él sabía que debía moverse rápido. Los ascensores no funcionarían así que debería utilizar las escaleras. Miró a su mujer, como hace tanto tiempo atrás y olvidó los problemas que lo atormentaban. A esa edad y luego de ese terremoto no malgastaría ni el tiempo ni el pensamiento en cuestiones pasadas. Tomó a su mujer de la mano y la guió hacia las escaleras.

La gente escapó del edificio hacia las calles. Afuera la gente o lloraba, o se quedaba pasmada. Solo algunos pocos reaccionaban. El edificio fue abandonado en los días siguientes quedando sólo algunos recuerdos como un montón de platos y copas en el suelo, rotos. Una fotografía de una pareja de ancianos junto a su nieto; ella abrazando al nieto mientras miraba de reojo a su marido, a la vez que el miraba la cámara con un gesto severo, distanciándose de la fotografía. Ventanales rotos. Ropa en el suelo junto a muebles desarmados o rotos. Lo peor lo sufrió el edificio. Muros agrietados exponiendo su armadura doblada y rota. Hormigón en el suelo. Pedazos de yeso en los pasillos. Losas desniveladas y estructura en condiciones inestables. Piso tras piso, se exhibían grietas donde se mirase. El Edificio estaría así durante un buen tiempo.

Eso fue lo que vi ese día cuando ingresé sólo, sin compañía, a recorrer el resultado de un terremoto que no podría olvidar ni yo ni millones de personas.

La noche del 27 de Febrero del 2010, un terremoto sacudió la mitad del país en uno de los sismos más fuertes de la historia. Luego vendría un tsunami que asolaría las costas del sur de Chile, llevándose algunas almas consigo y destruyendo a su paso casas y comercio, causando millones de dólares en pérdidas. Sin embargo, lo peor fue la tragedia humana. La pobreza y miseria en que quedaron algunos pueblos.

No olvidemos, en esta tierra fracturada, que así como sucedió, volverá a suceder. Pero eso no es excusa para que dejemos a nuestros hermanos en la forma que quedaron.

Chile, ¡ponte de pie!.

5. Demonios Parte II: Reunión.

Me senté a un costado de la mesa en aquel salón destinado a reuniones en el penúltimo piso del edificio. Desde ahí podía ver hacia afuera, a través de la ventana, cómo los transeúntes pasaban por la avenida principal de un lado para otro, en su mayoría jóvenes estudiantes cuyos principales problemas era la dificultad de una prueba de  Análisis Estructural, alguna tarea de Mecánica de Sólidos o algún desvarío de un profesor de Geotecnia. Por allí había uno que otro que corría atrasado a alguna clase de Dinámica Estructural o quién sabe qué cosa, pero estaba seguro de que ninguno sentía la ansiedad que en esos momentos me revolvía el estómago, y eso que nunca me había considerado del tipo nervioso o preocupado.

El día anterior había recibido un correo de mi profesor guía, Warlock, diciéndome que al día siguiente tendríamos una reunión en su oficina. Nada más. Por eso, cuando llegué a la reunión a la hora indicada y el lugar señalado, no pude más que tragar saliva cuando al saludarlo, en vez de hacerme quedar en su oficina me indicó que pasara a la sala de reuniones mientras él iba a buscar al profesor Ken y a Pablo Pérez. Todo el grupo en un solo lugar era verdaderamente preocupante. Esperé sentado, tratando de definir las pocas fortalezas que tenía hasta el momento en relación a mi trabajo de memoria. Pensé en armar algún tipo de defensa, pero la verdad es que, además de no ser un tipo al que le gusta excusarse por todo, tampoco tenía asidero. Mejor sería salir rápidamente de la autocrítica y avanzar hacia soluciones concretas.

Fue en medio de estas elucubraciones que ambos profesores llegaron a la sala de reuniones, junto con Pablo Pérez.

- Cuéntame, ¿cómo vas? - Me preguntó inmediatamente el profesor Warlock.
- Atrasadísimo, profesor. Apenas he comenzado a resolver el problema de cómo hacer que los LVDT's funcionen en el sistema que queremos montar - Dije rápidamente. Me miró como si eso no bastara y le expliqué resumidamente lo que hice respecto a eso. Creo que me demoré dos segundos, porque era realmente muy poco.
- ¿Y por qué quieres usar LVDT's? - Preguntó mirando al profesor Ken, quien le explicó sus motivaciones, pero fue interrumpido por el profesor Warlock.
- Da lo mismo eso... usemos Potenciómetros - En ese momento abrí los ojos, espantado por el cambio.
- Es que quería aprovechar los LVDT's nuevos que tengo en el laboratorio - Respondió el profesor Ken. "Eso era, entonces" pensé yo. Los LVDT's eran una solución particular a un problema que ya tenía otra, quizá mejor dominada. - Es más preciso y sirve ... - continuaba el profesor Ken, pero Warlock lo volvió a interrumpir.
- No. Da lo mismo. Para lo que necesitamos, los potenciómetros dan suficiente precisión y tenemos en el laboratorio. Pablo, ¿cuántos tenemos? De los de 25... -

Fue en ese momento, en el instante en que vi al profesor Ken algo cohibido por la actitud perentoria de mi profesor guía y que éste se enfrascaba en una conversación técnica con Pablo Pérez cuando sentí que el mundo se hacía pedazos frente a mi como resultado de mi propia ineptitud. Lo más asombroso fue que el profesor Warlock dominaba perfectamente la lengua inhumana de Pablo Pérez y dialogaron con expresiones y sonidos incomprensibles. Se notaba que el profesor Ken algo comprendía, pero trataba de ocultar que era realmente poco. Lo peor fue que yo quedé abrumado y casi dolido por mi propia ignorancia. En esos treinta minutos, con unas pocas decisiones Warlock desechó la idea de los LVDT's y la reemplazó por la de potenciómetros. Determinó por completo la serie de pasos que debería yo seguir, partiendo por ponerme en contacto con el Revisor del Edificio que estudiaría, siguiendo por las compras necesarias, los elementos que debería revisar y cómo poner en marcha todo el asunto de tal forma que en una semana ya debiera estar listo. Cuando terminó, el hecho de presenciar frente a mi cómo se determinaba la próxima semana de mis propias actividades me humilló totalmente. Y no porque el profesor se equivocara, él simplemente ordenó a todos en la reunión e hizo lo que debía para enderezar el triste estado del trabajo de mi memoria de título. Lo que me hizo sentir tan mal fue que no hice nada que valiera la pena, y ninguna decisión había pasado por mí siquiera. Podía tener mil excusas, pero eso no me ayudaría a dejar de sentir que lo había hecho mal. Porque los esfuerzos son verdaderamente inválidos cuando son inútiles. Claro, se puede aprender de ellos, pero el consuelo tampoco resuelve problemas. Me sentí pésimo.

- Ok, profesor. Ahora mismo revisaré los potenciómetros con Pablo - le dije cuando me indicó lo que debía hacer.
- Ahora no, porque debo salir. Anda a las 14:00 - me dijo Pablo con esa eterna actitud de desprecio.
- Ok, entonces. Eso es todo. Que estés bien, Antonio - Me dijo el profesor Warlock y ŕapidamente se fueron los tres, dejándome en la sala.

Me levanté con el peso de mi orgullo muerto en mis hombros, adhiriendo mis pies al suelo con cada pisada. Arrastré mi dignidad por el edificio, tratando de darme valor y ánimo. Algo tenía que hacer, despertar, recuperarme. Poner en marcha todo lo que el profesor me ordenó. Llamaría inmediatamente al Revisor del edificio.

El destino es algo insistente. Sea bueno o malo, siempre es un poco más.

No conocía a Don Esteban Florentino. Jamás había hablado con él, pero asumí que, dada su amistad ancestral con mi profesor guía, sería mas o menos como él. Debí haber supuesto que no.

- Hola, don Esteban, ud. habla con el memorista del profesor Warlock e iré a instrumentar el edificio que fue dañado por el terremoto -
- ¡Ah, hola! ¿Y qué quieres? - Me dijo de pronto sin preámbulos.
- Mañana iré a visitar el edificio y quería ver si usted podía acompañarme -
- Ya, ok. Nos juntamos a las 12:00 en el edificio. -
- Mmm...trataré de llegar a esa hora... - le iba a explicar que tenía clases a esa hora y que haría lo posible por no llegar tarde, pero él me interrumpió alzando a voz.
- ¡No, huevón! No trates. No me sirve eso. O vienes o no me hagas perder el tiempo, ¿Ok, huevón? Dime a qué hora - Casi me escupió las palabras. Menos mal hablábamos por celular
- Entonces nos vemos a las 14:00, ¿le parece? - le dije lo más pronto posible, sintiendo un nudo en la garganta.
- Ya, nos vemos - y cortó.

Me quedé de piedra. Sentí como se me incendiaba el pecho y la garganta se me apretaba. La aflicción de sentirme aún mas humillado, esta vez sin fundamentos por alguien desconocido me pareció demoledora. Aguanté todo lo que pude y me alcé, infundiéndome ánimo.

Al día siguiente tomé el bus (el edificio quedaba en otra región, a dos horas de camino desde Santiago) y lo llamé por teléfono nuevamente, para recordarle la reunión. Me preguntó si iría mi profesor guía, a lo que respondí:

- No irá porque está ocupado recibiendo un ... - y me interrumpió con un:
- No me interesa en qué está ocupado. No es necesario que me lo digas. Estamos todos ocupados... - me mordí el labio, evitando responder. - Nos vemos a las 14:00 entonces - volvió a cortar.

Llegué a la ciudad y a las afueras del edificio. Desde allí poco se podía ver, pero se notaba que estaba en algunas reparaciones por el terremoto.

Las 14:05 y aun no llegaba don Esteban. Sentí molestia.

Las 14:15 y nadie aparecía. Decidí soportar más tiempo.

Las 14: 30 y su ausencia me enfureció. Lo llamé al celular y no contestaba. Esperé hasta las 14:45 y ni apareció o contestó el llamado. Resignado y recordando la sensación de humillación, decidí que ya no podía esperar. En la calle, sólo y sin ayuda de nadie ni decisiones ajenas, pensé que el gasto de dinero en el viaje no sería en vano. Aunque inútil, mi esfuerzo existió. Quizá no había hecho lo correcto, pero actitudes de otros no me llevarían a caer o rendirme de mi trabajo. No permitiría que eso me venciera.
¡A la cresta con sujetos soberbios e infelices! Era mi trabajo. Era mi esfuerzo. Tenía que valer algo.

Giré y miré el edificio. Eran las 14:53 de ese día viernes y estaba solo. Nadie vendría a ayudarme, mucho menos vendría el edificio a mi a revelarme sus misterios. Aseguré mis cosas, erguí mis hombros e ingresé al reciento sin esperar a nadie.

Al momento de ingresar sentí como la entrada del edificio me engullía como una bestia enorme, haciéndome desaparecer en sus sombras.

jueves, 3 de febrero de 2011

4. Demonios Parte I: Una historia absurda.

Entonces tenía un tema para mi memoria, un profesor guía, un co-guía y un orientador, Warlock, Ken y Su Santidad, respectivamente. Por circunstancias que no interesan, el profesor Warlock desaparece de esta historia durante unos meses (dicen que se dedicó a pasear por Latinoamérica y Europa, ilustrando al mundo con sus infinitos conocimientos a la vez que, según cuenta la leyenda, hacía la del marinero... sólo que en vez de barco viajaba en avión y los puertos eran parajes increíbles con damas encantadoras muy bien predispuestas a aprender a pronunciar el nombre de mi estimado profesor), pero me había encomendado la misión de preparar los instrumentos que utilizaría para poder recoger la información necesaria.

Estos sensores correspondían a un conjunto de acelerómetros y LVDT's. "De los primeros", me dijo Warlock días antes de partir, "debes ir al laboratorio, donde Pablo Pérez a ver los que ya tenemos y qué necesitas para instalarlos. Respecto los LVDT's, habla con Ken, él te dirá que necesitas". Aproveché de ir donde Ken antes de ir al laboratorio a reunirme con Pablo Pérez, quien por cierto, es todo un personaje. Por otra parte, no tenía idea de qué cuernos era un LVDT.

- Profesor Ken, permiso - dije al llegar a su oficina. Por suerte, no agitó su cabellera al saludarme si no que se limitó a acariciarla, aunque esto igual resultaba un poco perturbador.
- Hola, muchacho. ¿Qué cuentas? -
- Profesor, quiero saber qué es un LVDT y qué necesitamos para instalarlos - le expliqué.

Me explicó mas o menos lo que me sería útil inicialmente y me dijo que fuera donde Pablo Pérez a ver lo que necesitaba. Me fui, pensando en lo extraño que era que mis profesores me dirigieran ambos donde este tipo, como si de el dependieran todas las respuestas. Obligado a ir donde él.

A Pablo Pérez yo ya lo conocía. La verdad es que todos lo conocían y prácticamente se había convertido en una leyenda viviente, aunque más parecía personaje de fábula. Esto, porque su apariencia física asemejaba la de una gárgola o no costaba imaginarlo arrimado a una torre en un castillo observando con desprecio a la triste e ignorante humanidad a sus pies. Tampoco costaba confundirlo con ese muchacho francés tan famoso por su joroba y poderosos brazos que, vaya coincidencia, también gozaba deslizándose entre torreones, alejado de la humanidad.

En eso pensaba cuando llegué al laboratorio para comunicarme con él y explicarle la situación. No es fácil comunicarse con él. El tipo tiene un lenguaje propio y ha inventado sonidos particulares y extravagantes, bastante agudos. Con algunos chillidos, y evidenciando la molestia que le causaba el contacto con un humano, un joven e ignorante humano, y luego de hacer notar mi completo desconocimiento del tema que pensaba abordar, me indicó lo que necesitaba.

Quizás me he extendido un poco en nimiedades, pero lo que pretendo es precisamente ilustrar aquellas situaciones y actitudes que creo influyeron en mi desempeño futuro en términos logísticos. Claro está, el principal factor de mis problemas sin duda fui yo, pero la verdad es que jamás imaginé que mientras mis profesores pensaban (y noten que digo pensaban, esa es la palabra) en un tema bien mono para un alumno bien dispuesto, realmente no visualizaban el nexo inevitable entre el problema conceptual con el logístico. Claro, colocar sensores en un edificio y registrar su movimiento y comportamiento para decir algunas cosas de él y generar conocimiento, qué más sencillo. Pero luego está conseguirse los materiales, instrumentos, las personas, la plata, el tiempo y la paciencia. Si se lo dijera a un profesor, el me diría "problema tuyo", lo cual sería perfecto si fuera simplemente problema mío, pero no lo es.

Es esto lo que sucedió al comienzo. Pablo Pérez me dijo "cómprate un alambre de 3 mm de diámetro, de aluminio, para ver si funciona con este LVDT" y se retiró a un rincón de su siniestro laboratorio. Bueno, siempre he tenido problemas para plantear dudas, porque no sé si significa carecer de iniciativa, por lo que me dije que mejor tomar decisiones por mi mismo. y las dudas la resolvería de la misma forma mientras pudiera, total era solo un alambre.

Pero cómo esperar que ese alambre no se encontraba en cualquier parte. Cómo esperar que al encontrar un lugar adecuado, el que yo pedía no se fabricaba. Cómo esperar que el mismo Pablo Pérez no supiera donde más buscar, siendo que él manejaba esos recursos y artefactos.Cómo esperar que saber todo esto me tomaría más tiempo del deseado o que pedía. De todas formas, estupidez mía confiarme. Solución al problema, cambiar el material por otro, siempre y cuando no influyera en las propiedades electromagnéticas del LVDT. Entonces encontré un alambre de bronce. Ahora había que hacerle hilo de ciertas características para enroscarlo y probar si es que funcionaba, si no, habría que cambiarlo. Por fin encuentro a un tornero con tiempo (¿o compasión?) dispuesto a hacerlo, solo demoraba unos minutos. Lo dejó listo, me lo llevé al laboratorio, lo probé y funcionó. Demoré un mes y medio en hacer todo eso, solo para probar un alambre y su conexión con el LVDT. Ahora a diseñar el sistema de sujeción con el muro y el mecanismo de acoplamiento, además de fabricar lo mismo para un total de 9 LVDT's. Nada que decir, pero ya hace rato que pasaron esas tres semanas que el profesor Warlock me había dicho que necesitaría.

- ¡Oye! - me dijo un día de esos un compañero.
- ¿Qué quieres? - le pregunté con desgano.
- ¿Supiste que Warlock vuelve la próxima semana? Ahora sí que estás cagado. - me dijo con una sonrisa que vislumbraba cierto goce en la idea.
- ¿En serio o me estas hueveando? - mi compañero era alumno en un ramo con el profesor, así que estaba más al tanto de sus movimientos que yo.
- En serio, nos mandó un correo.-

Sí, estaba realmente cagado...

miércoles, 5 de enero de 2011

3. Ya lo decía mi nana: "Un tema es algo difuso y está sujeto a infinitos cambios". Primer Axioma de Titulación.

-¿Cuántos edificios dijo como mínimo?- Me preguntó Warlock casi sin interés.
- Dijo que al menos 3, pero que debíamos colocar alguna cantidad precisa, o si no el temario sería rechazado.- Le respondí.
- Entonces pon tres edificios, da lo mismo. - Y así Warlock zanjó el problema que me planteó Su Santidad en la clase anterior. Definitivamente, a mi profesor guía no le interesaba los argumentos que Su Santidad utilizaba para rechazar el tema.
- No me interesa cómo haya que ponerlo. Simplemente has lo que te pidan, ya que de todas formas tendremos que cambiar un montón de cosas en el camino - Confirmó lo que pensaba, el profesor Don Warlock.

Me llamó la atención la indiferencia con que mi profesor guía manejó la situación. Me dio la impresión que más que realizar algo completamente definido, correspondía más a un trabajo que se iba auto-generando a medida que se avanzaba.

Independiente de los temores que podía esto generar, la confianza de estar trabajando con un docente de talla mundial me tranquilizaba, porque si él no sabía cómo hacer esto, entonces ¿quién diablos sabría?  Lo mejor sería dejarme de "chiquilladas" y seguir con mi trabajo, mas que mal, sólo me quedaba esa semana, la quinta, para definir todo.

Añadí las correcciones necesarias para que el resumen fuera aprobado por Su Santidad. Estoy por enviárselo al profesor Warlock cuando veo un email enviado por él. En éste decía que mi profesor Co-Guía, una especie de profesor asistente adicional que, más que ser un aporte para mi aprendizaje, aunque sin dejar de serlo, es un individuo invitado a incrementar la carga de trabajo del memorista, sería el renombrado y famoso entre las damas, el profesor Ken. El profesor Ken es un individuo astuto, pausado y de abundante cabellera, la cual seguramente cuida con todos los productos de peluquería actuales. El correo no sólo decía que el profesor Ken sería mi Co-Guía, sino que debido a él se incorporarían al tema una serie de aspectos que no tenía considerado inicialmente.

Acudí, entonces, a la oficina del profesor Ken para poder definir bien qué era lo que necesitaba para realizar con sacra precisión el resumen solicitado por Su Santidad. Al llegar a la oficina de mi profesor Co-Guía, y luego de que él agitara a ambos lados su cabello y una vez más por si acaso, éste me invitó a tomar asiento para exponerme su planteamiento.

Éste consistía en agregar un conjunto de dispositivos a los ya existentes para poder correlacionar los cambios de rigidez de el o los edificios que se investigarían con las deformaciones experimentadas por alguno de sus muros dañados por el terremoto. Cosa de niños.

La única dificultad incorporada, sería que estos dispositivos requerían ser armados de tal manera que se formara un sistema de ellos muy preciso. Estos objetos se denominan LVDT's, y miden desplazamientos entre dos puntos. Entonces, el show sería armar este sistema antes de los viajes a regiones para colocarlos junto con los otros dispositivos, definidos por el profesor Warlock.

No quise discutir ni menos rechazar la idea. De todas maneras, el tema se volvía aun más interesante y lo que importaba era incorporar estas ideas al resumen, por lo que rápidamente me fui al primer PC de la universidad que encontré a redactar lo necesario. Como el profesor Warlock y el profesor Ken estaban de acuerdo con lo que re-escribí, confié en que Su Santidad quedaría satisfecho, pero ¡¡Aaah!! ¡¿En qué me estaba metiendo?!

Luego de todo esto sucedieron 3 cosas:

1.- Lo inmediato: Su Santidad miró mi resumen, me miró luego con desprecio, miró el resumen nuevamente y luego, me mandó al Confesionario: "Explícame qué es esto que agregaste, por favor".

2.- Lo importante: Al aceptar la idea, le abrí la puerta a los demonios del semestre y

3.- Lo último: Su Santidad me dice "Ojalá te acepten el resumen final".

Y ese no fue ni el único ni el último cambio.