Me senté a un costado de la mesa en aquel salón destinado a reuniones en el penúltimo piso del edificio. Desde ahí podía ver hacia afuera, a través de la ventana, cómo los transeúntes pasaban por la avenida principal de un lado para otro, en su mayoría jóvenes estudiantes cuyos principales problemas era la dificultad de una prueba de Análisis Estructural, alguna tarea de Mecánica de Sólidos o algún desvarío de un profesor de Geotecnia. Por allí había uno que otro que corría atrasado a alguna clase de Dinámica Estructural o quién sabe qué cosa, pero estaba seguro de que ninguno sentía la ansiedad que en esos momentos me revolvía el estómago, y eso que nunca me había considerado del tipo nervioso o preocupado.
El día anterior había recibido un correo de mi profesor guía, Warlock, diciéndome que al día siguiente tendríamos una reunión en su oficina. Nada más. Por eso, cuando llegué a la reunión a la hora indicada y el lugar señalado, no pude más que tragar saliva cuando al saludarlo, en vez de hacerme quedar en su oficina me indicó que pasara a la sala de reuniones mientras él iba a buscar al profesor Ken y a Pablo Pérez. Todo el grupo en un solo lugar era verdaderamente preocupante. Esperé sentado, tratando de definir las pocas fortalezas que tenía hasta el momento en relación a mi trabajo de memoria. Pensé en armar algún tipo de defensa, pero la verdad es que, además de no ser un tipo al que le gusta excusarse por todo, tampoco tenía asidero. Mejor sería salir rápidamente de la autocrítica y avanzar hacia soluciones concretas.
Fue en medio de estas elucubraciones que ambos profesores llegaron a la sala de reuniones, junto con Pablo Pérez.
- Cuéntame, ¿cómo vas? - Me preguntó inmediatamente el profesor Warlock.
- Atrasadísimo, profesor. Apenas he comenzado a resolver el problema de cómo hacer que los LVDT's funcionen en el sistema que queremos montar - Dije rápidamente. Me miró como si eso no bastara y le expliqué resumidamente lo que hice respecto a eso. Creo que me demoré dos segundos, porque era realmente muy poco.
- ¿Y por qué quieres usar LVDT's? - Preguntó mirando al profesor Ken, quien le explicó sus motivaciones, pero fue interrumpido por el profesor Warlock.
- Da lo mismo eso... usemos Potenciómetros - En ese momento abrí los ojos, espantado por el cambio.
- Es que quería aprovechar los LVDT's nuevos que tengo en el laboratorio - Respondió el profesor Ken. "Eso era, entonces" pensé yo. Los LVDT's eran una solución particular a un problema que ya tenía otra, quizá mejor dominada. - Es más preciso y sirve ... - continuaba el profesor Ken, pero Warlock lo volvió a interrumpir.
- No. Da lo mismo. Para lo que necesitamos, los potenciómetros dan suficiente precisión y tenemos en el laboratorio. Pablo, ¿cuántos tenemos? De los de 25... -
Fue en ese momento, en el instante en que vi al profesor Ken algo cohibido por la actitud perentoria de mi profesor guía y que éste se enfrascaba en una conversación técnica con Pablo Pérez cuando sentí que el mundo se hacía pedazos frente a mi como resultado de mi propia ineptitud. Lo más asombroso fue que el profesor Warlock dominaba perfectamente la lengua inhumana de Pablo Pérez y dialogaron con expresiones y sonidos incomprensibles. Se notaba que el profesor Ken algo comprendía, pero trataba de ocultar que era realmente poco. Lo peor fue que yo quedé abrumado y casi dolido por mi propia ignorancia. En esos treinta minutos, con unas pocas decisiones Warlock desechó la idea de los LVDT's y la reemplazó por la de potenciómetros. Determinó por completo la serie de pasos que debería yo seguir, partiendo por ponerme en contacto con el Revisor del Edificio que estudiaría, siguiendo por las compras necesarias, los elementos que debería revisar y cómo poner en marcha todo el asunto de tal forma que en una semana ya debiera estar listo. Cuando terminó, el hecho de presenciar frente a mi cómo se determinaba la próxima semana de mis propias actividades me humilló totalmente. Y no porque el profesor se equivocara, él simplemente ordenó a todos en la reunión e hizo lo que debía para enderezar el triste estado del trabajo de mi memoria de título. Lo que me hizo sentir tan mal fue que no hice nada que valiera la pena, y ninguna decisión había pasado por mí siquiera. Podía tener mil excusas, pero eso no me ayudaría a dejar de sentir que lo había hecho mal. Porque los esfuerzos son verdaderamente inválidos cuando son inútiles. Claro, se puede aprender de ellos, pero el consuelo tampoco resuelve problemas. Me sentí pésimo.
- Ok, profesor. Ahora mismo revisaré los potenciómetros con Pablo - le dije cuando me indicó lo que debía hacer.
- Ahora no, porque debo salir. Anda a las 14:00 - me dijo Pablo con esa eterna actitud de desprecio.
- Ok, entonces. Eso es todo. Que estés bien, Antonio - Me dijo el profesor Warlock y ŕapidamente se fueron los tres, dejándome en la sala.
Me levanté con el peso de mi orgullo muerto en mis hombros, adhiriendo mis pies al suelo con cada pisada. Arrastré mi dignidad por el edificio, tratando de darme valor y ánimo. Algo tenía que hacer, despertar, recuperarme. Poner en marcha todo lo que el profesor me ordenó. Llamaría inmediatamente al Revisor del edificio.
El destino es algo insistente. Sea bueno o malo, siempre es un poco más.
No conocía a Don Esteban Florentino. Jamás había hablado con él, pero asumí que, dada su amistad ancestral con mi profesor guía, sería mas o menos como él. Debí haber supuesto que no.
- Hola, don Esteban, ud. habla con el memorista del profesor Warlock e iré a instrumentar el edificio que fue dañado por el terremoto -
- ¡Ah, hola! ¿Y qué quieres? - Me dijo de pronto sin preámbulos.
- Mañana iré a visitar el edificio y quería ver si usted podía acompañarme -
- Ya, ok. Nos juntamos a las 12:00 en el edificio. -
- Mmm...trataré de llegar a esa hora... - le iba a explicar que tenía clases a esa hora y que haría lo posible por no llegar tarde, pero él me interrumpió alzando a voz.
- ¡No, huevón! No trates. No me sirve eso. O vienes o no me hagas perder el tiempo, ¿Ok, huevón? Dime a qué hora - Casi me escupió las palabras. Menos mal hablábamos por celular
- Entonces nos vemos a las 14:00, ¿le parece? - le dije lo más pronto posible, sintiendo un nudo en la garganta.
- Ya, nos vemos - y cortó.
Me quedé de piedra. Sentí como se me incendiaba el pecho y la garganta se me apretaba. La aflicción de sentirme aún mas humillado, esta vez sin fundamentos por alguien desconocido me pareció demoledora. Aguanté todo lo que pude y me alcé, infundiéndome ánimo.
Al día siguiente tomé el bus (el edificio quedaba en otra región, a dos horas de camino desde Santiago) y lo llamé por teléfono nuevamente, para recordarle la reunión. Me preguntó si iría mi profesor guía, a lo que respondí:
- No irá porque está ocupado recibiendo un ... - y me interrumpió con un:
- No me interesa en qué está ocupado. No es necesario que me lo digas. Estamos todos ocupados... - me mordí el labio, evitando responder. - Nos vemos a las 14:00 entonces - volvió a cortar.
Llegué a la ciudad y a las afueras del edificio. Desde allí poco se podía ver, pero se notaba que estaba en algunas reparaciones por el terremoto.
Las 14:05 y aun no llegaba don Esteban. Sentí molestia.
Las 14:15 y nadie aparecía. Decidí soportar más tiempo.
Las 14: 30 y su ausencia me enfureció. Lo llamé al celular y no contestaba. Esperé hasta las 14:45 y ni apareció o contestó el llamado. Resignado y recordando la sensación de humillación, decidí que ya no podía esperar. En la calle, sólo y sin ayuda de nadie ni decisiones ajenas, pensé que el gasto de dinero en el viaje no sería en vano. Aunque inútil, mi esfuerzo existió. Quizá no había hecho lo correcto, pero actitudes de otros no me llevarían a caer o rendirme de mi trabajo. No permitiría que eso me venciera.
¡A la cresta con sujetos soberbios e infelices! Era mi trabajo. Era mi esfuerzo. Tenía que valer algo.
Giré y miré el edificio. Eran las 14:53 de ese día viernes y estaba solo. Nadie vendría a ayudarme, mucho menos vendría el edificio a mi a revelarme sus misterios. Aseguré mis cosas, erguí mis hombros e ingresé al reciento sin esperar a nadie.
Al momento de ingresar sentí como la entrada del edificio me engullía como una bestia enorme, haciéndome desaparecer en sus sombras.
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