Ricardo despidió a sus hermanos en la entrada de su departamento con un abrazo y riéndose por alguna broma reciente. Era tarde ya en la noche y habían estado celebrando la "inauguración" de su nuevo hogar. Un mes atrás, Ricardo había pensado en cambiar su casa de toda la vida e irse a vivir a ese edificio cuyos departamentos eran realmente increíbles, con amplios espacios y agradables vistas. Vendió la casa y pidió un préstamo al banco que lo tendría endeudado dentro de los próximos 10 años, pero valía la pena. Por eso, se fue a vivir a su nuevo hogar hacía solo dos semanas, tiempo en el que estuvo remodelando y amueblando hasta el día de su inauguración, a la que asistieron sus dos hermanos con sus esposas e hijos. A pesar de estar en sólo el tercer piso del edificio, igual la vista nocturna era agradable y la pequeña fiesta celebrada en el balcón les gustó a todos.
Al cerrar la puerta tras sus hermanos, se dirigió al salón donde estaban todos los platos, vasos y fuentes sobre la mesa. "Los lavaré mañana", pensó. Asé que, contento, se fue a acostar. Eran las 3:02 de la madrugada.
En el décimo sexto piso, don Alberto y su mujer, doña Laura, estaban acostados intentando dormir. Ambos simulaban que lo hacían, evitando molestar al otro, pero llevaban años durmiendo solo algunas horas por la noche. A sus 64 años, doña Laura llevaba ya una década al lado de un marido que de pronto la dejó de lado. Sin explicaciones, el hombre fue perdiendo la capacidad de darle muestras de afecto y el intercambio de palabras se limitaba a establecer qué comerían ese día o, menos veces, cómo estaría Cristóbal, su nieto de solo 5 años. Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que su marido le hubiera dado la mano. A veces, cuando sentía que él se quedaba por fin dormido, ella encendía una luz y lo miraba, sin entender qué había sucedido. El dolor lo calmaba recordando a su nieto, tan pequeño y única fuente de felicidad.
A su lado, esta vez don Alberto no lograba dormir. Mantenía los ojos cerrados mientras se torturaba por dentro. Tenía 70 años y aun a esa edad se preguntaba cuanto dolor podría haberle causado a su mujer. Se lamentaba por el silencio de estos años, pero aun así, no podía hacer más que preguntarse cómo había llegado a eso. Si debió o no, si fue un error o no. Un secreto, un secreto de algo hecho hace tiempo que mas bien él nunca hizo, pero había que hacerlo. Vergüenza sentía. Vergüenza por no haber sido el hombre que debía tratando de comportarse como el hombre que la sociedad imponía. ¿Había sido su debilidad? Esta noche no lograría dormir. Sabía que doña Laura tampoco dormía, pero se sentía incapaz de hablar con ella.
A las 3:17 de la mañana, don Alberto pensaba en que al menos al día siguiente podrían ver a su nieto y sabría que la tortura de ambos descansaría un rato.
En el séptimo piso del edificio, Marcos dormía. A sus 23 años, vivía con su padre y nadie más. Hace 5 días había vuelto de sus vacaciones por el sur de Chile y ahora descansaba. En otra habitación, su padre había apagado la televisión hace muy poco rato y a penas conciliaba el sueño. Marcos roncaba a la vez que otros eventos sonoros escapaban de su cuerpo, sin él saberlo, por supuesto. El viaje había sido extenuante, pero placentero y aprovechaba de descansar lo que podía antes de ingresar a la universidad la semana siguiente. Porque ese era su último fin de semana, en vez de ir a fiestas con amigos y polola, Marcos dormía. Marzo estaba por comenzar y quería reponer fuerzas.
Su padre, Miguel, siempre tenía pesadillas al comenzar a dormir. Despertaba de un salto y se acomodaba para, esta vez, dormir en serio. Era algo extraño, pero le venía sucediendo noche tras noche desde hace más tiempo del que recordaba y ya se había acostumbrado. Esta vez, la pesadilla era de un bosque en el que se encontraba y un silencio angustiante lo atormentaba a su alrededor. De pronto, un crujido terrible revelaba que algo invisible comprimía a los árboles y los hacía pedazos, aplastándolo a él también. Despertó ahogado y sobresaltado. Miró el reloj en su velador. Casi las 3 y media de la madrugada. Se frotó los ojos tratando de despejarse y se acomodó. El silencio ambiente lo sobresaltó. Claro, era de noche, pensó. Un aullido a lo lejos y otro más respondiéndole. De pronto era un coro de perros perturbando el aire y a las personas que trataban de dormir. En ese momento, el piso crujió a la vez que un movimiento lo azotó de un lado a otro sobre la cama. Se levantó rápidamente mientras un ruido ascendía junto con un leve temblor que hacía vibrar las ventanas. Un zumbido en sus oídos mientras se balanceaba hacia el pasillo y la pieza de su hijo. Llamó a Marcos instándolo a levantarse porque temblaba. Marcos no comprende muy bien, adormecido y se deja caer al suelo torpemente mientras escucha el traquetear de las ventanas. Pegado al suelo, aun no siente el temblor pero escuchaba un ruido que causaba pavor alzándose sobre la ciudad. Se levanta y se dirige al umbral de su puerta en el momento que un ruido como del de un tren infinito pasando sobre un puente, sobre sus cabezas lo ensordecía y el suelo se movía de un lado a otro, ondulando y girando. Los muros crujieron y el sonido de cosas cayendo al suelo, a la vez de que el temor de que todo se quebraría en millones de pedazos haría sucumbir la mole de hormigón y acero.
En el tercer piso, Ricardo se había levantado corriendo hacia el living de su departamento. A penas en pie, miraba cómo los platos y vasos y fuentes que habían quedado sobre la mesa caían y hacían trizas en el suelo que el mismo había colocado hace una semana. Los muebles se azotaban contra las paredes y las ventanas vibraban. Trató de afirmar un estante pero cayó al suelo junto con él. Se levantó y a penas se abrazó a uno de los muros mientras cerraba los ojos. Escuchaba cómo en su pieza el suelo crujió y algo caía.
En el décimo sexto piso, don Alberto estaba en pie y llamaba a su mujer. Ella se levantó y lo siguió por el pasillo mientras cuadros y fotografías caían. En la oscuridad, se guiaban tanteando las paredes y alejándose del sonido de los vidrios que se rompían en todo el departamento. En el momento en que empezó el remezón fuerte, ambos ya estaban en la puerta de entrada sintiendo cómo el edificio se movía de un lado a otro, retorciéndose. Otros vecinos aparecieron en sus respectivas puertas. Una mujer gritaba horrorizaba y un padre apuraba a sus hijos a afirmarse de él mientras perdían el equilibrio. Doña Laura observó una bebé que, inexplicablemente, miraba en silencio, casi divertida, cómo se movía todo y crujían los muros y losas.
En el momento más espeluznante, doña Laura casi cae al suelo pero don Alberto alcanzó a afirmarla y se abrazaron mutuamente, con los ojos apretados. Ella pensaba en su nieto y él pensaba en que el mundo se iba al carajo. Pisos más abajo Marcos se tomaba de los hombros con su padre, frente a frente. Miguel exclamaba "¡¿Cuándo acabará, Dios?! ¡Cuándo acabará!". El sonido era espantoso y el temor se apretaba en las entrañas de Marcos. "¿Es un terremoto papá?" preguntó, pensando en que nunca había vivido ninguno.
Poco a poco, el terremoto iba dando paso a un temblor leve hasta extinguirse. El edificio siguió vibrando un tiempo más, pero ya había pasado. En los pasillos se escuchaban gritos, llantos y palabras apurándo a familias completas. Luces de linterna se asomaron por algunas puertas y de pronto todo el mundo estaba fuera de sus departamentos, confundidos y haciendo preguntas a vecinos.
Marcos sintió ganas de vomitar. Se sentía mareado y a penas pudo contenerse mientras su padre lo calmaba. Ricardo paseó con cuidado por su departamento. La losa se había desnivelado algunos centímetros por lo que avanzaba despacio. Llegó a su pieza descubriendo que parte del suelo había desaparecido. Su cama hecha un desastre y los rastros de un huracán en su pieza eran la evidencia del terremoto más fuerte que había sentido en su vida. Volvió al salón, solo para descubrir que todo se había perdido. Vivía ahí hace dos semanas y nunca más volvería a hacerlo. En cuclillas, se apoyó en la pared y se tomó la cabeza, poniéndose a llorar por lo perdido. En el décimo sexto piso, doña Laura aún abrazaba a don Alberto. Cuando paró el movimiento del edificio, ella alzó la vista y lo miró a los ojos. ¿Cuánto tiempo que no se miraban así en silencio? Él sabía que debía moverse rápido. Los ascensores no funcionarían así que debería utilizar las escaleras. Miró a su mujer, como hace tanto tiempo atrás y olvidó los problemas que lo atormentaban. A esa edad y luego de ese terremoto no malgastaría ni el tiempo ni el pensamiento en cuestiones pasadas. Tomó a su mujer de la mano y la guió hacia las escaleras.
La gente escapó del edificio hacia las calles. Afuera la gente o lloraba, o se quedaba pasmada. Solo algunos pocos reaccionaban. El edificio fue abandonado en los días siguientes quedando sólo algunos recuerdos como un montón de platos y copas en el suelo, rotos. Una fotografía de una pareja de ancianos junto a su nieto; ella abrazando al nieto mientras miraba de reojo a su marido, a la vez que el miraba la cámara con un gesto severo, distanciándose de la fotografía. Ventanales rotos. Ropa en el suelo junto a muebles desarmados o rotos. Lo peor lo sufrió el edificio. Muros agrietados exponiendo su armadura doblada y rota. Hormigón en el suelo. Pedazos de yeso en los pasillos. Losas desniveladas y estructura en condiciones inestables. Piso tras piso, se exhibían grietas donde se mirase. El Edificio estaría así durante un buen tiempo.
Eso fue lo que vi ese día cuando ingresé sólo, sin compañía, a recorrer el resultado de un terremoto que no podría olvidar ni yo ni millones de personas.
La noche del 27 de Febrero del 2010, un terremoto sacudió la mitad del país en uno de los sismos más fuertes de la historia. Luego vendría un tsunami que asolaría las costas del sur de Chile, llevándose algunas almas consigo y destruyendo a su paso casas y comercio, causando millones de dólares en pérdidas. Sin embargo, lo peor fue la tragedia humana. La pobreza y miseria en que quedaron algunos pueblos.
No olvidemos, en esta tierra fracturada, que así como sucedió, volverá a suceder. Pero eso no es excusa para que dejemos a nuestros hermanos en la forma que quedaron.
Chile, ¡ponte de pie!.
estremecedor, fue inevitable emocionarme un poco!! desgraciadamente las cosas a un año del terremoto poco o nada han mejorado, es un proceso largo pero lo primero es ponerse de pie.
ResponderEliminarun aniversario amargo y penoso.